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Al Gore presidenciales estados unidos

EEUU también sufre de asimetría electoral

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El sistema de electores con el que se define al ganador de las presidenciales en Estados Unidos provoca desde mediados del siglo XIX disparidad entre el porcentaje de voto y el de electores

Donald Trump, el candidato republicano a la Casa Blanca, lo tiene bastante complicado para ser presidente. Al menos eso dicen los analistas que se basan en unas encuestas que en los últimos días han llegado a poner a la candidata demócrata, Hillary Clinton, 10 puntos por encima de Trump (CNN) y en una media de 5-6 puntos por encima si miramos el resto de barómetros. A pesar de esa ventaja, casi insalvable a estas alturas para cualquier candidato en la historia reciente del país, algunos expertos y politólogos piden no descartar aún a Donald Trump. Los últimos escándalos que pesan sobre Clinton -el uso de un servidor de correo privado y el posible tráfico de influencias desde la fundación Clinton- ayudan también a la campaña del multimillonario republicano (mientras Hillary Clinton es considerada deshonesta por el 63% de la población, Trump ‘solo’ es considerado deshonesto por el 54%).

Pero incluso aún con ventaja de voto para Clinton, no se puede descartar que sea el candidato republicano quien acabe imponiéndose en las presidenciales de noviembre. Los mismos sondeos que señalan la importante ventaja de la ex primera dama advierten del hecho que Trump empieza a remontar en estados clave como Florida u Ohio. Es en este punto en el que es importante revisar el diferencial entre el porcentaje de voto y el porcentaje de electores que obtienen los presidentes electos. Desde las primeras elecciones presidenciales de los Estados Unidos, celebradas en 1796, el candidato ganador ha obtenido -con más o menos diferencia- un mayor porcentaje de electores que de votos. El caso más representativo es el de Franklin D. Roosevelt, que con un 60,8% de votos obtuvo un 98,5% de electores.

 

 

Pero el sistema electoral estadounidense, a pesar de ser unipartidista -el ganador en un Estado se lleva todos sus electores-, ha provocado que hasta en cuatro ocasiones quien fuera el candidato más votado no obtuviera la presidencia:

  • John Q. Adams, en 1824, fue elegido presidente de los EEUU con solo el 30,9% de los votos, sin ser el candidato más votado, y obteniendo un 32,2% de los electores. En el siglo XIX el bipartidismo norteamericano no se había asentado y el número de candidatos con resultados importantes era mayor. Por eso con el 32% de electores John Q. Adams pudo proclamarse presidente.
  • En 1876, el republicano Rutherford B. Hayes perdió las elecciones presidenciales con un 47,9% de los votos frente a su rival demócrata, Samuel J. Tilden, que obtuvo un 50,9% de los sufragios. A pesar de ello, Hayes fue proclamado presidente con el apoyo de 185 votos electorales, uno más de los que obtuvo Tilden. La clave estuvo en el número de Estados que ganó cada uno. A pesar de obtener menos votos, Hayes ganó en 21 Estados mientras que Tilden lo hizo en 17.
  • Doce años después de la victoria pírrica de Hayes, el también republicano Benjamin Harrison fue nombrado presidente de los EEUU a pesar de que se rival demócrata, Grover Cleveland ganó las elecciones con el 48,6% de los votos. Harrison superó a Grover en electores (58,1% de los votos electores frente a 41,9%).
  • El caso más reciente ocurrió en el año 2000. El candidato demócrata, Al Gore, ganó las elecciones presidenciales al republicano George W. Bush por medio millón de votos. A pesar de ello, Bush Jr. obtuvo 271 votos electorales por 266 de Al Gore. La clave estuvo en Florida, que repartía 21 votos electorales y fueron a parar al candidato republicano después de un polémico recuento y por tan solo 500 votos de diferencia respecto al que fuera vicepresidente de Bill Clinton.

En este artículo cabe recordar también el caso de Dwight Eisenhower, que en 1956 derrotó a Richard Nixon por tan solo 100.000 votos, aunque acabó con el 86% de los electores. Todos ellos, especialmente el caso más reciente de Al Gore contra George W. Bush, justifican la prudencia con la que los analistas tratan los datos de los sondeos. La particularidad de estas presidenciales de 2016 -ambos candidatos son rechazados por la mayoría de los electores, Hillary Clinton está rodeada de polémicas jurídicas y políticas, Donald Trump y sus declaraciones histriónicas ponen cada vez las cosas más difíciles a su equipo de campaña…- hace que no se pueda descartar ningún resultado. Y teniendo en cuenta lo apretadas que están las encuestas en los Estados clave, es bueno tener en mente que lo que realmente determinan unas elecciones son los votos electorales, no la diferencia de votos populares entre los candidatos.

Periodista y politólogo. Doctorando en Política Europea. Fundador de Brupek y periodista freelance para diferentes medios.

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